TESTIMONIOS

Testimonio narrado por Norma B. Aguilante

Corrían los '70, cuándo después de quedar por meses al cuidado de desconocidos, subí con mi madre al tren que nos llevaría hasta Mercedes, un pueblito de la provincia de Bs. As. Mi madre había decidido que era lo mejor debido a su imposibilidad de darme los cuidados necesarios. 

 

Al cabo de un par de horas llegamos y fuimos al Instituto Nicolás Lowe, la construcción me pareció imponente pero fuimos recibidas con mucha sencillez y muy cordialmente por Eric y Nelly, los Directores. Algunos chicos estaban preparando las mesas para el almuerzo que compartieron con nosotras en medio de un gran bullicio luego de agradecer a Dios por los alimentos. Después me llevaron a conocer los dormitorios, vestuarios, cocina y un salón donde un grupo de chicos jugaban y reían. Todo se veía tan grande!!!!!!!! Acomodé mis pocas pertenencias en el lugar que me designaron y mi madre ya estaba lista para irse. Yo tenía nueve años y una tristeza que invadía todo ese cuerpo flacucho. 

 

Durante años pasé allí momentos dedicados a los trabajos escolares, a las tareas de limpieza, a disfrutar de las hamacas bajo los aromáticos eucaliptos, a los campamentos, a recolectar ciruelas en la granja, a las colectas del kilo en vacaciones de invierno, a los encuentros en el Colegio Ward, a vivir un “finde” en casa de alguna familia que quisiera compartir su cariño con nosotros,  a la navidad blanca, a las caminatas de verano hasta el arroyito Cane para refrescarnos, a meter mano en la cocina, a ayudar en el costurero con el planchado y los arreglos. Cuando fui más grande le pedía ideas a Olga para fabricarme un modelito nuevo para el Sábado. Teníamos muy lindas charlas y nunca me falto un buen consejo de su parte. En ese momento me fastidié por hacer muchas de estas cosas pero hoy estoy agradecida...

 

La relación con mi madre se fue diluyendo en el tiempo y si digo que la veía dos o tres veces al año no exagero.

 

En el año 87 se vivían momentos de incertidumbre con respecto a la continuidad de los Directores que habían dedicado su vida entera a esa misión. Habíamos tres o cuatro que estábamos rondando la mayoría de edad y éramos una piedra en el zapato de Eric, o por lo menos así lo sentía yo. Decidí que era el momento de partir, buscar un empleo y ocuparme de mi vida. 

 

Con los años conocí a Fabián, hoy tenemos dos hijos y una familia con todos los condimentos: dulces, salados, picantes, aromáticos y también los amargos. Es la familia que soñé y es mi familia.

 

Después de tantos años, tantas vivencias, alegrías y tristezas sólo puedo decir GRACIAS. A todos los que de una u otra forma influyeron en la formación de quien soy. Gracias a Dios por cuidarme con su mano protectora haciéndome ver y elegir las cosas que eran buenas para mi. Por todo ésto, eternamente GRACIAS.

 

Norma B. Aguilante

(Ex Alumna del Hogar Lowe, Mercedes, Bs. As.)

 

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